Historia de Terror: Los Otros Amigos

Historia de Terror: Los Otros Amigos

Esta historia de terror que voy a relatar para ustedes amigos de Planeta Misterio, está basada en diferentes situaciones paranormales que he investigado y me inspiraron para escribirla. Sucesos extraños ocurridos a personas normales, sin ningún contacto con el mundo de lo paranormal y que hasta ahora eran totalmente escépticos, así que siéntate cómodamente y sube el volumen de tu dispositivo. Comenzamos.

Historia de Terror: Los Otros Amigos

Samanta era una mujer casada y formaba una familia junto a su marido e hijo. Un día, la mala suerte, el destino o como queramos llamarlo, tocó a su puerta. Dos hombres compañeros en el trabajo de su marido, venían a avisar de la tragedia que había ocurrido, su marido había fallecido en un accidente laboral, dejándola viuda y a cargo de su hijo Samuel.

Como podéis imaginar la vida de Samanta y Samuel cambió por completo de la noche a la mañana. Samanta que vivía en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, tubo que buscar un empleo para poder seguir adelante y educar a su hijo. Los meses pasaron y se hacía insoportable la vida en ese apartamento que solo le traía recuerdos de lo afortunada que era compartiendo su vida con su marido ya fallecido.

Algunos meses después, por fin la empresa donde su marido trabajaba y había perdido la vida debido a un terrible accidente laboral, decidió darle una indemnización. Era el momento que Samanta había estado esperando, para así vender el pequeño apartamento que tantos recuerdos le traía y mudarse a otra ciudad con su hijo para comenzar una nueva vida.

Así fue, el tiempo pasó y ya vivían en otra ciudad, Samanta había encontrado trabajo y su hijo ya asistía de nuevo al colegio, cursaba 6º y tenía 12 años. Samuel todavía no había conseguido integrarse con los compañeros de su clase, por desgracia aun no tenía amigos, su vida no había vuelto a una relativa normalidad después del traumático suceso.

Ese día, cuando volvía del colegio a casa, algo pasó, tres chicos de aspecto un poco raro y de mas o menos su misma edad, lo seguían mientras el caminaba por la calle. Que extraño, no se quienes son y tampoco pertenecen al colegio en el que estudio, pensó Samuel mientras seguía caminando. Al doblar una esquina, a tan solo a unos 50 metros de su casa, justo de frente, ahí estaba, otro chico de aspecto un poco extraño y algo desaliñado.

Las presentaciones

Hola, como te llamas ¿quién yo? dijo Samuel. Si claro, no va a ser a aquella persona que camina por la otra acera. Ahh perdona, soy Samuel y llevo casi un año viviendo aquí, aunque aun no hice amigos y me resultó extraño que me preguntaras. No pasa nada, yo soy Carlos; Hola Samuel, nosotros somos Juan, José y yo me llamo Pedro, dijo uno de los chicos que momentos antes parecía que lo perseguían mientras volvía a casa y que habían oído la conversación.

¿No tienes amigo? dijo Carlos, no aun no he conocido a nadie. Pues ya tienes 4 amigos nuevos. Samuel esbozó una sonrisa de alegría en ese caos que estaba viviendo, que le llegaba de oreja a oreja. ¡Si, sería estupendo! exclamó Samuel. ¿Que te parece si mañana cuando salgas de el colegio quedamos y te enseñamos la ciudad y los lugares donde solemos ir a jugar?

Así fue, al día siguiente, Samuel estaba desenado que acabaran las clases para ir a ver a sus nuevos amigos. Justo después de finalizar las clases, cuando se disponía a salir por la puerta del colegio, allí estaban, los 4, esperando justo enfrente. Vamos Samuel, daremos una vuelta por la ciudad.

Ese día fue inolvidable para Samuel, pasearon por la ciudad, fueron junto al río, tomaron bebidas azucaradas y jugaron futbol en el descampado cerca de su casa. Lo paso realmente bien y decidieron volverse a ver el siguiente día.

Efectivamente, al salir de clase, ahí estaban de nuevo, justo enfrente de la puerta del colegio. Volvieron a pasear por diferentes zonas de la ciudad, fueron de nuevo a jugar junto al río hasta que la noche les sorprendió. En ese momento, justo cuando Samuel decidió que ya era hora de volver a casa, Carlos le propuso un juego.

Samuel, ¿por qué no vamos al cementerio y jugamos al esconder mientras uno de nosotros nos busca? No lo se Carlos, es muy tarde ya y mi madre se va a preocupar, además no me gustan los cementerios. Tiene miedo, tiene miedo, exclamaron los otros amigos mientras se reían de el. Samuel pensó que no quería perder a sus nuevos amigos y que el no era un cobarde, así que decidió ir al cementerio a jugar a pesar de la hora que era.

El Cementerio

La noche se cernía sobre ellos y a Samuel le empezaban a temblar las piernas mientras accedían al cementerio por un pequeño agujero que había en la valla que lo rodeaba. Sin embargo a sus amigos no parecía darles ningún miedo. Una vez dentro, Carlos le dijo a Samuel que mientras ellos se escondían, a el le tocaba buscarlos. Samuel volvió a pensar que aunque no le gustaba la idea, no quería perder a sus nuevos amigos y accedió.

Enseguida los cuatro amigo se escondieron y el quedó solo justo en medio del cementerio rodeado de lápidas y nichos. Solo se podía oír el susurro del viento, ruidos de la noche y pequeños insectos nocturnos que campaban a sus anchas en la oscuridad. Samuel aguantando como podía el miedo que enseguida había invadido su cuerpo, armándose de valor, comenzó a buscar a sus nuevos compañeros.

Diez minutos después, Samuel se había perdido entre lápida y lápida, nicho tras nicho ya no sabía donde se encontraba, sus piernas temblaban aun más, pero de repente, en medio de la oscuridad, pudo ver lo que parecía una sombra sobrecogedora que cruzaba de una calle a otra del cementerio. Eso hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo desde la cabeza, bajándole por la espalda, hasta llegar a los pies.

Ya no aguantaba más estar en ese sitio y sus amigos habían desaparecido por completo, no podía encontrarlos. De repente otro escalofrío invadió todo su cuerpo, la sombra que había visto antes, ahora podía verla con más claridad, era como de un hombre alto con sombrero. Estaba quieto, como si lo mirara fijamente. Samuel no sabía si era su imaginación que le jugaba una mala pasada debido al miedo que ya era incontrolable en el.

Salió corriendo como alma a la que llama el diablo y sin saber en que dirección se encontraba la salida de aquel lugar tan terrorífico para el. Corrió y corrió hasta terminar agazapado detrás de unas lápidas, mientras todo su cuerpo temblaba de miedo y sus manos no dejaban de sudar, pero parecía que había despistado a aquella terrible sombra de un gran hombre con sombrero.

Su corazón dejó de latir tan deprisa, las piernas dejaron de temblarle tanto y sus manos ya no sudaban, los ruidos de la noche invadían el cementerio. El cielo se había despejado un poco de nubes y la luz de la luna alumbraba aquellas lápidas donde el se había refugiado, entonces pudo leer en ellas los siguientes nombres, Carlos, Juan, José y Pedro, los bellos del cuerpo se le erizaron como escarpias, eran los nombres de sus cuatro amigos que yacían enterrados ahí. No podía creerlo, estaba a punto de entrar en shock, cuando de repente sintió una mano que se apoyaba en su hombro y le susurraba al oído, estamos aquí, por fin nos has encontrado.

Samuel se sobresaltó y el grito que emitió, se escucho en todo el cementerio, sin más, del pánico que sentía en ese momento, se desmayó por completo. Todo quedó en silencio.

Chico, chico, ¿te encuentras bien? era el vigilante del cementerio, un hombre alto y fornido con un sombrero que intentaba despertar a Samuel. No tengas miedo, soy el guarda del cementerio, ya estás a salvo.

Unos días después, Samanta, la madre de Samuel, después de conocer la historia que su hijo le había contado, decidió acudir al cementerio por la mañana, a comprobar si lo que su hijo le contaba, esa historia de terror, era cierta y de camino agradecerle a ese hombre que había ayudado a su hijo, todo lo que había hecho. Efectivamente, allí estaban las 4 lápidas de sus cuatro amigos fallecidos y que días antes había jugado a futbol con ellos.

El guarda del cementerio les contó que esos cuatro chicos eran hermanos, que eran huérfanos y que habían fallecido 15 años atrás en un temible incendio de una casa medio en ruinas en las que los pequeños vivían a duras penas. No había sido un mal sueño, Samuel no había imaginado en su mente a esos cuatro chicos de aspecto desaliñado, todo, había sido una terrible pesadilla muy real.

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